Literario - Álvaro Pastor Torres


Álvaro Pastor Torres, La manigueta y el puñal, (ABC de Sevilla, Sevilla, 21 de diciembre de 1998).

 

En la Hermandad de la Soledad - si alguien quiere además adjetivarla como de San Lorenzo que lo haga - las maniguetas las llevan quienes de verdad se lo merecen: el torero famoso que antes de ser becerrista ya era hermano de fila, número y cuota; los herederos del pintor Santiago Martínez, que tienen la manigueta delantera derecha concedida a perpetuidad en agradecimiento al diseño desinteresado que hizo el artista, que consiguió - junto con la pericia del maestro Curro - uno de los pasos más peculiares de cuantos procesionan por Sevilla; el hermano de fila que está pasando una mala racha en su vida; el que un mal día se fue sin decir adiós y vuelve al cabo de los años, o el nazareno de número alto que aguarda en su tramo delantero que den las siete y Diego Lencina abra las puertas de San Lorenzo, y cinco minutos antes se le acerca el Diputado Mayor de Gobierno con los guantes en la mano y se los da sin decirle nada, pues entonces sobran hasta las palabras. El nazareno sabe que tiene que quitarse el macho del capirote y buscar su nuevo sitio, al ladito del paso, aunque por ello ese año no verá desde los rasgados ojales del antifaz la imagen más bella de todo el año: la luz de la plaza de San Lorenzo y el Senatus Populusque Hispalensis que espera ver abrir la última puerta de la Semana Santa de Sevilla. Aquí para salir de maniguetero y estar cerca de Ella no hay que pagar cifras astronómicas, ni hacer el triple salto mortal sin red, ni pintar la mona en las revistas, ni pujar en subastas al mejor postor.

 

En la página 82 del libro de hermanos (1900-1948) podemos leer el siguiente asiento: «Hermano nº 586: Antonio Ordóñez Araujo. Domicilio: calle 23, Villa Sto. Ángel, Nervión. Cuota: una peseta. Alta: 21 de marzo de 1947». Tenía por entonces el hijo del «Niño de la Palma» sólo 15 años, estudiaba con los Escolapios, andaba de becerrista y aún no había debutado con el traje de luces. Era la Soledad todavía una Cofradía de Viernes Santo comandada por un grupo de inolvidables soleanos: Pedro Izquierdo, José Faguás, Antonio Petit, José de Rueda, Ramón de la Cruz, Joaquín Romero Murube...

 

Los negativos del archivo fotográfico de Serrano, cuidados hoy con especial mimo en la Hemeroteca Municipal, dan fe de esa estrecha vinculación: el ofrecimiento de un traje de luces a la Virgen de la Soledad para vestirla con la seda color verde heliotropo y el oro oscurecido por la sangre, unas veces del toro, otras del torero; un Sábado Santo -¿o todavía salíamos por entonces el Viernes?- Antonio Ordóñez con túnica, escapulario y manguitos, postrado de hinojos ante el paso ya encendido apadrinando en su jura de ingreso a un nazarenito; o el paso por una calle muy estrecha y un nazareno anónimo aferrado a la manigueta delantera, que sólo los muy iniciados en los secretos arcanos de esta Ciudad sabían que era Antonio Ordóñez, como sólo los mismos conocían que justo delante del torero, con vara y en la presidencia iba un sevillano fino y cabal que cuidaba con esmero los jardines del Alcázar, escuchaba las tardes de domingo cómo jugaba su Betis por esos campos lejanos mientras podaba los jazmines luneros, clamaba a los cielos que perdimos cada vez que la piqueta hacía de las suyas en el marchito patrimonio material de Sevilla - lo que ocurría casi a diario -, y de vez en cuando escribía poemas.

 

Al final Ella siempre está para despedir a todos, en la rotonda principal del cementerio al que rindió visita cuando iba camino de San Jerónimo en la Santa Misión de 1965. Desde su azulejo cerámico, con el dolor contenido en su rostro por la pérdida de todos sus hijos que por allí pasan en tan difícil y supremo trance, sabe de pesares y desgracias. El otro día tenía el puñal de dolorosa, el puñal de oro que le regaló Antonio Ordóñez, clavado un poquito más hondo que el resto de los días y por eso parecía que lloraba más. Y como siempre allí estaba Ella proclamando a todos, como en la Salve, un mensaje de esperanza, justo en estos días de Esperanzas: «y después de este destierro muéstranos a Jesús».

 

 

 

el 26 Noviembre 2011
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