Literario - Esteban Romera Domínguez

Esteban Romera Domínguez, La reja y su Soledad (Boletín de las Cofradías de Sevilla, N.º 561, Sevilla, 2005).

 

A pesar que durante todo el año nuestras Hermandades tienen su vida interna propia, evidentemente, algunas tienen este devenir manifestado con más profusión que otras, dependiendo de una serie de parámetros como pueden ser su carácter fundacional, su número de hermanos, el ambiente que rodea la corporación, la imaginación que puedan tener sus Juntas de Gobierno o las actividades, cultos y actos que desarrollen durante los doce meses del año de forma cíclica. Pero lo que no se puede negar es la estacionalidad de la mayoría de las visitas por parte de los diferentes hermanos a los distintos Templos y Casas Hermandad de nuestras corporaciones. No es lo mismo el trasiego que existe en el periodo cuaresmal para una Cofradía de Penitencia, donde la cercanía de nuestra Semana Mayor y todo lo que conllevan atraen a muchas personas, que en otros meses donde la actividad diaria baja de forma notoria.

 

El que suscribe, se cree de los verdaderos «hartibles» de nuestro mundillo, visitando con frecuencia diferentes templos de la Ciudad y en distintas fechas del año, observando (algo raro en mi, normalmente hablo...) en muchas ocasiones que existen muy pocas personas rezando en los diferentes Sagrarios o ante los titulares de Hermandades, incluso en algunos casos nadie, ocurriendo estas circunstancias en un número importante de Iglesias con presencia de nuestras Cofradías. Se contrapone esta situación con cualquier día de nuestra Semana Mayor cuando las aglomeraciones o al menos muchos devotos arropan de forma clara a las diferentes Cofradías de nuestra Ciudad. Evidentemente dejamos fuera de este comentario determinadas advocaciones sevillanas que tienen una devoción que incluso traspasa la linde de Sevilla, aunque bajan el número de sus visitas, siempre tienen personas que se postran ante ellas.

 

Pues bien, existe una Virgen en nuestra Ciudad que cada vez que voy a verla a su sede canónica nunca está sola, siempre hay alguien agarrado a la reja que custodia su coqueta capilla, rezando de forma recogida. Incluso veo algún ramillete de flores de forma aislada ante dicho cancel y no puesto por la propia Hermandad lo que me da más alegría aún. Estas personas que hacen de ejército fiel ante su fortín son lo devotos de verdad, ya que llevan los ojos de esa Virgen clavados en sus entrañas y es quizás la única que escucha sus problemas.

 

Esta Virgen puede no ser la más guapa de Sevilla, no es la que más hermanos tiene, ni la que más nazarenos la acompañan en su salida procesional, no hace estación penitencial en un día de zapatos nuevos, los clarinetes o las trompetas no dan ni una sola nota músico-procesional, ya que ninguna formación musical la acompaña, ni tiene palio que la engrandezca y que la meza al compás de sus bambalinas o bajo un sobrio y clásico palio de cajón, su discurrir por nuestras calles es muy ponderado a pesar de llevar en sus filas muchos niños nazarenos, su barrio no es de los más poblados, ni tiene como Titular en su Hermandad a su Hijo ni muerto, ni vivo, ni resucitado, sus «revirás» son muy aliviadas (algún amigo me dice que su paso derrapa) y su caminar de paso amplio y siempre de frente, en definitiva, las modas no tienen cobijo bajo su manto protector huyendo de lo populachero y aunque no de lo popular, pero a pesar de todo esta Virgen siempre tiene alguien que le reza agarrada a su reja...

 

Esta dolorosa pertenece a una de las grandes antiguas Hermandades de nuestra Ciudad, es una de las Vírgenes más antiguas de nuestra urbe, y pertenece a esa Sevilla profunda la verdadera, la que sabe de lo bueno y de lo malo, aunque tenga la hipocresía algunas veces por castigo, la que conoce no sólo la verdad, sino fundamentalmente de lo que es verdadero y sustancial, la natural, quizás incluso hasta la rancia, la de Romero Murube, la que un día enamoró a Antonio Ordóñez... Esta Sevilla sabe que ante esa reja podría estar un nuevo río de las lágrimas de los devotos que se arrodillan ante ella durante los 365 días del año.

 

Su dulzura traspasa la belleza de lo natural, su rostro tiene la resignación de la Madre que ha perdido lo que más puede querer una Madre que no puede ser otra cosa que su Hijo, aunque ella sabe para lo que nació, siendo en todo momento la esclava del Señor, denotando su mirada caída la resignación para la que fue ella creada y más aun sobre el futuro del fruto de su vientre, sabiendo además que ese tesoro de sus entrañas servirá para salvar al mundo de sus pecados... En definitiva, la que sabe, escucha y calla para siempre. Tú a pesar de todo para lo bueno y para lo malo eres la Soledad de Sevilla, aunque paradójicamente nunca estés sola. San Lorenzo Mártir se rinde ante tus pies como se rindieron mis amigos Álvaro, Fernando, Pepe, Ramón y Paco tu sacristán. El negro y blanco de tus túnicas se tornan resurrección cuando cada Sábado Santo chirrían las puertas de tu casa o cuando desde un azulejo Marcelo Spínola, tu servidor, con mirada callada y serena saluda a cada nazareno, bendiciéndolos por su deber cumplido y testimonio de fe mostrado, esperando hasta el próximo azahar en flor para ver de nuevo el milagro que alrededor de esta Virgen se produce en un viejo pero señero barrio sevillano.

 

Las siete letras que tiene tu nombre se enmarcan de oro en tus cofrades y devotos que te llevan, que se fueron y de los que vendrán. Soledad divino tesoro porque Tú conoces de lo que te hablo, porque Tú y yo sabemos que también un día conocí tu reja y por este motivo esparcí estas humildes líneas... Bendita Soledad y Bendita seas Sevilla por tener una Soledad que nunca esta sola.


on 26 Noviembre 2011
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