Literario - Carlos Colón Perales

Carlos Colón Perales, Maestra del tiempo (2007).

 

Las cosas terminan cuando terminan, ni un minuto antes ni un minuto después. Y más en la plaza de San Lorenzo, cuya Semana Santa empezaba en lo íntimo con el besamanos del Señor; desbordaba a las calles cuando en la madrugada del Viernes Santo el reloj de la torre daba dos campanadas y se abrían las puertas de la parroquia para mostrar toda la Pasión -espada, escalera, dados, mano, lanza, clavos, alicates, flagelo, gallo, martillo, esponja de vino y mirra, paño de la Verónica- inscrita en una cruz; y terminaba cuando esa misma torre daba doce campanadas y se cerraban las puertas de la parroquia sobre el fuego tras el que se consume de dolor la Soledad. Era esa una Sevilla que tenía sentido de la medida y sabía hacer las cosas. Ha pasado el tiempo, pero en la plaza de San Lorenzo se siguen sabiendo hacer las cosas. Y si Sevilla, a veces, parece olvidar su sentido de la medida, desde San Lorenzo se le recordará por qué las cosas son como son.

 

Hace 440 años, desde 1567, que la Soledad cierra la Semana Santa de Sevilla. Hasta 1955 el Viernes Santo, y desde la reforma litúrgica el Sábado Santo. En 1567 reinaba Felipe II, Cervantes tenía 20 años, faltaba uno para que la Fe rematara la Giralda y Montañés, Mesa y Ocampo aún no habían nacido. Ni la Semana Santa siquiera, tal como la conformó el barroco, existía entonces. ¿Quién deshará lo que los siglos han hecho?

 

En la larga vida de la ciudad y en la vida breve de los sevillanos la Soledad de San Lorenzo, maestra del tiempo, da lecciones de historia y enseña madurez. Así, enseñan los siglos, termina la Semana Santa de Sevilla desde 1567. Y así,

enseñan los años, termina la Semana Santa de los sevillanos desde que la madurez los va agrupando tras esta cruz y estos paños, siguiendo en silencio la estela de la Soledad por Jesús del Gran Poder, la Gavidia y Cardenal Spínola hasta llegar a la plaza de San Lorenzo. Allí, cuando la Virgen les dé la cara y la puerta de la parroquia la devore poco a poco, le rezarán despacio un último Ave María. Al llegar al «ahora y en la hora de nuestra muerte» una sombra les cubrirá el alma; y las puertas de la parroquia, al cerrarse, pondrán el amén. El sevillano, entonces, le dirá a la Soledad, y a la plaza, y al Señor ante el que en ese momento se celebra la Vigilia Pascual: «hasta el año que viene, si Dios quiere». Y se irá ni triste ni contento, sereno, camino de su casa, uno más entre la multitud de la que la plaza se desangra por Santa Clara, por Conde de Barajas, por Cardenal Spínola, por Martínez Montañés y por Eslava. Así termina la Semana

Santa según le enseña la historia a Sevilla y la madurez a los sevillanos. No podía ni puede tener broche más sevillano ni más dorado –sobre una nube de oro y fuego vuela la Soledad- nuestra Semana Santa.

 

La Virgen de la Soledad es el cordón de oro que ata las más antiguas devociones de la ciudad con las más recientes, el renacimiento con regionalismo, la severidad del humilladero de la Cruz del Campo con el bullicio de la Campana, la historia con la costumbre, los benedictinos del convento de Santo Domingo de Silos que le dieron casa junto a los caños de Carmona con la Alameda de la «señá» Gabriela que le dejó en herencia su blanquería. Y su paso es una de las últimas obras que nacen de las entrañas mismas de la ciudad, del asombroso impulso que entre dos mantos macarenos –el camaronero y el de tisú, 1900 y 1930- renovó la Semana Santa en fidelidad a la vez a los tiempos nuevos y a su esencia centenaria. Santiago, Cayetano, Juan Miguel: el paso de la Soledad en 1951, la corona de la Amargura en 1954 y el palio de la Virgen de los Ángeles en 1961 son los últimos abrazos que la mejor historia de Sevilla da a las hermandades a través del talento arraigado en su tierra de Santiago Martínez, Cayetano González y Juan Miguel Sánchez.

 

Levantando acta de cómo la Soledad cambiaba siendo igual a ella misma, el notario más fiable: Joaquín Romero Murube, hermano de la Soledad desde 1917 hasta su muerte en 1969, que la adornaba con flores del Alcázar en su besamanos y con prosas inmarchitables como la que, en «Dios en la ciudad», deja para siempre establecido cómo termina la Semana Santa de Sevilla: «Sale de San Lorenzo, del barrio más puro de Sevilla... La Virgen va transida de dolor, del dolor de la soledad, del dolor más real y aparente de todos los dolores... Va casi sola en su dolor. Silencio, fin, agotamiento. Los hermanos de la Soledad lloramos esta soledad en que camina nuestra Virgen. Las sillas se apilan informes, contra las aceras. No nos miran. Por entre la sombra y el silencio de las calles vamos con Nuestra Virgen de la Soledad, en soledad. ¡Bendita sea!». Porque las cosas terminan cuando terminan, ni un minuto antes ni un minuto después,y más en la plaza de San Lorenzo, nada se debe añadir al «¡Bendita sea!» que su poeta le dijo a la Soledad mientras describía como la Semana Santa –«silencio, fin agotamiento» – muere entre sus brazos.

 

el 26 Noviembre 2011
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