Literario - José María Jurado

 

SOLEDAD

                                                                                                           A mi madre

 

Hoy visto el sudario blanco de mi mortaja.

Por las calles de la ciudad renovaré los votos con el tiempo sagrado de la Soledad. Mi antifaz y escapularios serán negros, mi rostro será el de todos los hombres y mujeres, el de todos los niños y los pájaros. Con el hábito blanco de esta tarde triste miraré desplomarse la arena en los relojes, mientras roza mi piel la última sábana que habrá de velarme los ojos.

(La blanca Soledad camina sola hasta el último puerto de la vida.)

Yo no quiero para mi cuerpo inerte el fuego devorador que convierta en polvo de cenizas aventadas mis huesos por el mundo. Ni quiero una colmena de la muerte o un columbario alzado, tan lejos de las raíces de los árboles que seguirán floreciendo cada mayo mientras cruje indeleble la gran rueda del cielo.

Yo quiero para mí la tierra humilde, el barro de la vida, los nudos rugosos de la madera.

A solas con mi túnica resonarán las paletadas en mi cabeza yerta como las largas trompetas del Día Octavo.

Y entonces abriré los ojos.

 

Para Ver.

  

ABUELO

 

Para Diego

 

Abuelo, ¡qué súbita efusión de azahares! ¡Cuántas palomas en mis ojos dorados! Pasa Cristo, crucificado a la altura exacta de los balcones, alumbrado por pálidas estalagmitas de cera nocturna, a punto de morirse en cualquier esquina de Sevilla. Y yo recorro sin descanso la ciudad hasta el río, conducido sólo por los tambores de la sangre y de la especie, bajo el cielo morado y el aire tibio de una primavera compartida.

Abuelo, la Virgen de la Soledad, la misma que Bécquer vio pasar entre los vencejos y naranjos del barrio de San Lorenzo, nos ha reunido de nuevo, vestidos ya para siempre con la túnica de nuestra penitencia. Y hemos caminado juntos, tú en el trance supremo de la muerte y yo en el lance palpitante de la vida, ¿o acaso es al contrario?

Bajo la urdimbre inmaculada del hábito que el escapulario ciñe, detrás del antifaz y de la insignia, no vamos nosotros. Nuestra sombra, proyectada en las calles silenciosas, está fuera del tiempo, y es un penitente todos los penitentes y todas las saetas una sola. En la Vigilia perenne del Sábado Santo hemos vislumbrado los goznes de la Eternidad, fruto de los dolores que por nosotros sufriste, y hemos visto ascender, como una sinfonía blanca y negra, una marea de nazarenos elevados al cielo de Sevilla. Abuelo.

 

  

Sabado Santo

(Con lluvia)

Blanca -cándida- es la túnica de los hermanos de la Soledad, como el cielo amortajado de esta tarde, sudario de la lluvia, cúpula de la cal. Otra vez se ha rasgado el velo de las nubes y en las viejas callejas arriadas no se abrirán las azucenas dóciles, ni temblará la diadema de oro sobre la cabeza acostada de la luna.  Bajo el arco tenebrario de la ciudad pasarán góndolas negras, silenciosas saetas del recuerdo que se clavarán en la puerta sellada de San Lorenzo. Pero no estaremos solos, aunque canten los gallos, aunque falte la luz porque el blanco no es la ausencia del color, sino la suma de la primavera. Blanca -cándida- es la toga de la Resurrección.


el 26 Noviembre 2011
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