Literario - Miguel García-Posada García

Miguel García-Posada García, La Soledad de San Lorenzo (Semana Santa en Sevilla. Facetas cofradieras, Sevilla, 1956).

 

¿Abrimos?

 

Es la voz de un servidor de la hermandad; falta un minuto todavía; están descorridos los cerrojos y nos volvemos hacia la cofradía que, formada, únicamente espera el momento de avanzar. Una última mirada a la Virgen. Ya no la veremos más que en algunos instantes aislados de la estación y siempre desde muy lejos. Nuestra hermandad ha ido en estos años en aumento constante y son muchísimos los penitentes que forman en sus filas. ¡Qué lejos quedan ya aquellos Viernes Santos en que los hermanos de la Soledad, solos, desfilaban entre sillas apiladas! Pero como la semilla del árbol evangélico, frondosidad de ramas que daban cobijo a todas las avecillas del cielo, hemos recuperado nuestra antigua grandeza y hoy, a la altura de las primeras hermandades de Sevilla, la de la Soledad de San Lorenzo, es aguardada con la atención expectante de los mejores desfiles cofradieros.

 

¡Qué bonita está la Virgen! El paso totalmente encendido hierve de luces y de oro; todos los años, antes de salir, nos ocurre lo mismo, y aún no hemos logrado desentrañar lo que sentimos en esos instantes: ansiedad, angustia, temor, no sabemos qué, pero al lanzar la última mirada a nuestra Soledad, los labios que tantas veces se han movido en demanda de consuelo, que tantas veces han suplicado para sí, hoy le piden para Ella y para sus hermanos, y sólo musitan un imperceptible «Por Ti, Madre mía, que hagamos una buena estación, por Ti y por tu hermandad».

 

Consultamos el reloj: faltan quince segundos.

 

¡Hermanos, preparados!

 

Y en la iglesia se hace un silencio profundo en el que cada uno de los presentes ente escucha los latidos de su propio corazón.

 

¡Vamos!

 

Se abren las puertas y la algazara de la calle nos turba un momento; avanzamos. Es un oleaje de marea creciente el murmullo de la muchedumbre que llena la plaza de San Lorenzo; enfilamos la calle del Cardenal Spínola; vemos una y otra vez sobre el suelo la sombra puntiaguda del capirote de nuestra penitencia, y, en seguida, la de la Cruz de guía que entre dos faroles, marcha inmediatamente detrás de nosotros. Un compás de luces y de sombras que en ]a estrechez de la antigua calle de la Capuchinas va vistiendo el luto penitencial del Viernes Santo, y al que pone un alegre contraste de color, la espléndida floración de los balcones. La hermandad de la Soledad avanza; una parada y una oración y otra vez en marcha; la plaza de la Gavidia. Sus árboles formarán un dosel de verdes infinitos bajo el que pasará en triunfo nuestra Virgen. Nosotros no la veremos, nosotros vivimos bajo la férula angustiosa de la marcha del reloj; hay que ajustarse a un horario y hay que responder de su cumplimiento. Otra parada y otra oración; en nuestro puesto de celador de Cruz hemos aprendido que una Salve, rezada lentamente, marca el tiempo que debe descansar la cofradía. Seguimos avanzando; al llegar al Duque nos deslumbra el resplandor de la Carrera Oficial; por el lado izquierdo de la plaza, el paso maravilloso de la Sagrada Mortaja va marchando entre el tañido lúgubre de la campana del muñidor y las voces graves de los clérigos que entonan un motivo funeral. La plaza del Duque, pórtico de lo que pudiera llamarse Semana Santa oficial, nos agobia con sus duros contrastes, con el estrépito de sus mil ruidos con el olor que despiden los puestos de calentitos y buñuelos, con el ir y venir de la gente que, en esta hora final del Viernes Santo va dándole un carácter de desordenada dispersión. Silenciosamente nos deslizamos por el lado derecho de la plaza y llegamos con nuestra hermandad al filo de la Campana. Son las nueve y ocho minutos, todavía nos sobran dos... ¡Gracias, Virgen bendita de la Soledad, gracias! El celador de Cruz no te ve pero sabe que tu paso está en el sitio preciso.

 

Son las nueve y diez.

 

¡Por Tí, Madre bendita, por tu Hermandad! ¡Dios te salve, Reina!...

Después seguirá todo ese complejo de sensaciones que se adueñan del nazareno durante el gozo de su penitencia; la Carrera, la estación en la Catedral, un silencio de soledad en el que la Virgen es la estampa de la tragedia en el punto final del Viernes Santo. Y la apoteosis, en silencio también, del despedimiento de todos los cofrades de Sevilla de estos siete días únicos en el mundo y en los que ha vivido un sueño de amor y fantasía. Y el paso se quedará retrasado del resto de la cofradía, porque lo mejor de Sevilla y de su Semana Santa se agrupa alrededor de la Virgen de la Soledad para darle el último adiós. Y el silencio correrá por las aceras entre bisbiseos de rosarios fervorosos; y el silencio acompañará en su último giro lancinante al último quejido de la última saeta. Cuando las puertas de San Lorenzo se cierren, el silencio de la Soledad se adueñará de toda Sevilla, porque Sevilla en esas horas de la madrugada del Sábado de Gloria, es la Ciudad del Silencio, ha hecho de su tierra cielo, se ha cansado... y se ha dormido...


el 26 Noviembre 2011
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